El portero que dejó la cancha para narrar su propio Mundial: la historia de Benito Carvajales
Si creías que faltar por un examen era insuperable, agárrate. Te presentamos a Benito Carvajales, el arquero de Cuba en 1938 que cambió los guantes por el micrófono.

Las historias de los primeros Mundiales están llenas de anécdotas que hoy sonarían a una broma de mal gusto.
Ya hemos hablado de capitanes que abandonaron la concentración por sus estudios. Pero la joya de la corona, el episodio que rompe todos los moldes, lo protagonizó un caribeño: Benito Carvajales, el portero titular de la sorprendente selección de Cuba en la Copa del Mundo de Francia 1938.
Su historia no fue sobre elegir entre el fútbol y otra profesión; fue sobre intentar hacer las dos al mismo tiempo, dando lugar a una de las sustituciones más bizarras que se hayan visto en una cancha mundialista.
¿Quién era este portero ‘multitask’ del Caribe?
Benito Carvajales era el guardameta indiscutible de la selección cubana, un equipo que llegó al Mundial casi de rebote. En una eliminatoria de CONCACAF donde la mayoría de las selecciones (incluida México) se retiraron, Cuba clasificó por defecto. Eran la cenicienta, un equipo exótico del que nadie esperaba absolutamente nada.
Pero Carvajales no era solo un futbolista. En La Habana, también era una conocida voz del radio, un comentarista deportivo para la emisora COCO. En una época de delegaciones pequeñas y presupuestos ajustados, no era raro que una persona tuviera que cumplir más de una función.

El 5 de junio de 1938, Cuba debutó en octavos de final contra Rumania, una selección europea mucho más experimentada.
Carvajales estuvo bajo los tres palos y, contra todo pronóstico, el partido fue una locura. Terminó 3-3 después de un alargue épico. Según las reglas de la época, no había penales; se debía jugar un partido de desempate cuatro días después.
Fue aquí donde se produjo el dilema. Carvajales tenía un contrato y una responsabilidad como locutor para narrar el histórico torneo para el público en Cuba. Para el partido de desempate, se tomó una decisión insólita: era más valioso para la delegación que su estrella narrara la hazaña a que la jugara. Así, Benito Carvajales se quitó los guantes, se puso los audífonos y subió a la cabina de transmisión para relatar el partido que debía estar jugando.
¿Y qué pasó en el partido de desempate?
Con el portero titular en el micrófono, la responsabilidad de defender el arco cubano recayó en el suplente, Juan Ayra. Mientras Carvajales describía con pasión cada jugada para los radioescuchas en la isla, Ayra se convertía en el héroe inesperado en la cancha de Toulouse.
El guardameta suplente tuvo una actuación monumental. Cuba logró una victoria histórica por 2-1, eliminando a Rumania y clasificando a los cuartos de final en su primera y única participación en un Mundial. El suplente se había robado los reflectores, mientras el titular narraba su gloria.

¿Un final feliz para el portero locutor?
La hazaña estaba consumada, pero la aventura cubana tendría un final abrupto y brutal. En los cuartos de final, el rival era la poderosa Suecia. Para este partido, la lógica (o la ironía) regresó: Benito Carvajales volvió a la titularidad, dejando la cabina de transmisión.
El resultado fue una de las mayores goleadas en la historia de los Mundiales: Suecia aplastó a Cuba por 8-0. El portero que había narrado la victoria más grande de su país tuvo que sufrir bajo los palos su derrota más humillante.
La historia de Benito Carvajales es el retrato perfecto de una era amateur, un cuento de pasión desbordada y de un hombre que, literalmente, tuvo que elegir entre jugar la historia o contarla.
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