Copa Mundial

El ‘Gringo’ que rechazó un Mundial por ‘la Chamba’ y se perdió el mayor milagro del futbol

Benny McLaughlin rechazó ir al Mundial 1950 para conservar su empleo. Días después, su selección logró la mayor sorpresa en la historia de este deporte.

Se prefirió el trabajo estable por encima del futbol. (Foto: IA)
Se prefirió el trabajo estable por encima del futbol. (Foto: IA)
Mediotiempo IA
Ciudad de México

La historia de Benny McLaughlin, el crack estadounidense que prefirió su trabajo en una fábrica y a su esposa antes que viajar a Brasil 1950. No sabía que le estaba diciendo ‘no’ a la mayor hazaña en la historia de su selección.

En el panteón de las decisiones insólitas del futbol, pocas duelen tanto en retrospectiva como la de Benny McLaughlin. Hemos contado historias de jugadores que se ausentaron por exámenes para asegurar su futuro. La de McLaughlin es diferente: fue la elección de un hombre común entre la estabilidad de la vida cotidiana y una aventura incierta que, sin que nadie lo sospechara, terminaría en leyenda.

Para el Mundial de Brasil 1950, Estados Unidos era un mero trámite, un equipo de relleno compuesto por amateurs. Pero en su plantilla figuraba un talento especial, un delantero de Filadelfia apodado el ‘Pequeño Maestro’. Sin embargo, cuando llegó el momento de hacer las maletas para el viaje de su vida, su nombre no estaba en la lista de pasajeros.

¿Quién era Benny McLaughlin y por qué era tan importante?

Benny McLaughlin era, en el modesto universo del futbol estadounidense de la posguerra, una auténtica estrella. Un delantero habilidoso, inteligente y con gol, considerado uno de los mejores jugadores nacidos en Estados Unidos de su generación. Era la figura de los Philadelphia Nationals y un fijo en el equipo nacional. Su presencia en el equipo que iría a Brasil se daba por sentada. Era el talento diferente, el jugador que podía cambiar un partido.

La pregunta clave: ¿Por qué demonios rechazaría ir a Brasil?

La decisión de McLaughlin no fue un acto de rebeldía, sino de pragmatismo puro y duro, un reflejo de una época donde el futbol no daba para vivir. Sus razones fueron un cóctel de lógica aplastante:

McLaughlin era el talento de Estados Unidos. (Foto: Especial)

La Chamba es la Chamba: 

McLaughlin tenía un trabajo estable como empleado en una empresa de cepillos en Filadelfia. El Mundial no era un evento corto; entre viajes y competencia, implicaba ausentarse por varias semanas. Pedir un permiso tan largo, y sin goce de sueldo, era arriesgar el empleo que realmente ponía la comida en su mesa.

El Compromiso Familiar: 

Acababa de casarse. Dejar a su nueva esposa por casi un mes para embarcarse en una aventura al otro lado del continente, sin una paga real de por medio, era un sacrificio personal y familiar demasiado grande.

El Prestigio (o la falta de): 

Seamos honestos, en 1950, la selección de Estados Unidos no tenía ningún prestigio. Eran un grupo de semiprofesionales que iban a Brasil a competir, pero nadie, ni ellos mismos, esperaba que hicieran algo memorable. El viaje parecía más una excentricidad que una oportunidad deportiva seria.

El ‘Milagro sobre el Césped’: 

¿De qué se perdió exactamente? Aquí es donde la historia da un giro cruel. Ese equipo de Estados Unidos, sin McLaughlin, pero con otros jugadores amateurs como un cartero y un conductor de carroza fúnebre, llegó a Belo Horizonte para enfrentar a la todopoderosa Inglaterra, los inventores y reyes del futbol.

Lo que sucedió ese 29 de junio de 1950 fue impensable: Estados Unidos ganó 1-0. Fue, y sigue siendo, la madre de todas las sorpresas en la historia de los Mundiales. El "Milagro sobre el Césped". La mayor humillación jamás sufrida por la selección inglesa. Y Benny McLaughlin, el jugador de más talento, se lo perdió por estar trabajando en su fábrica.

¿Se arrepintió de su decisión?

McLaughlin nunca habló públicamente con amargura sobre su elección. Apoyó a sus compañeros desde lejos y celebró la histórica victoria. Siguió jugando a un gran nivel y, de hecho, representó a Estados Unidos en las eliminatorias para el Mundial de 1954. Pero es imposible no imaginar el torbellino de emociones que debió sentir al enterarse de que el equipo que él decidió no integrar había logrado lo imposible.

Su historia es un recordatorio brutal de un futbol que ya no existe. Una época en la que el sueño de un Mundial podía ser eclipsado por las responsabilidades de la vida real, y donde la decisión más lógica del mundo podía, por un capricho del destino, costarte un lugar en la eternidad.




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