Christian 'Hobbit' Bermúdez no borra ni esconde capítulos de su larga carrera
Campeón, descendido, lesionado, privado de su libertad y de regreso a Primera División a los 39 años, Bermúdez mira su historia.

Christian 'Hobbit' Bermúdez no separa los buenos capítulos de los malos para quedarse solamente con los que lucen bien en una fotografía. En su carrera caben Chimalhuacán y los grandes estadios, su padre y sus entrenadores, Atlante, Querétaro, Jaguares, Puebla, Tapachula, Cancún, y por supuesto el América. Caben los campeonatos y los descensos, los vestidores donde fue recibido como uno más y aquellos momentos en los que tuvo que preguntarse cómo sostener una vida cuando el futbol dejó de ofrecerle certezas. Caben los retrasos de salario, las lesiones, el encierro y ahora un regreso a Primera División cuando muchos futbolistas de su generación llevan varios años alejados de las canchas.
Nada sobra. Nada parece haber sido suficiente para quebrarlo.
Le pregunto en una charla exclusiva con Grupo Multimedios, con qué se queda después de todo eso y responde sin titubear: “Con todo lo que me ha pasado, yo no me arrepiento de absolutamente nada. Me he forjado una mejor persona, un poquito más sabio para decidir qué hacer”. Lo dices, viéndome los ojos con la seguridad que sólo da el tiempo y la tranquilidad de estar en paz con uno mismo. Hay algo poderoso en esa respuesta porque no viene de alguien a quien la vida le haya resultado cómoda. Viene de un hombre que ha tenido que aprender a vivir con aquello que no pudo controlar. Bermúdez no habla desde la comodidad de quien mira su pasado con nostalgia, sino desde la serenidad de quien ya entendió que algunas heridas no desaparecen, pero pueden dejar de gobernarte.
“La vida es más sencilla de lo que creemos, la vida se puede disfrutar más allá de las circunstancias y de las pruebas que tenga”.
El futbolista que hoy vuelve a una cancha de Primera División a los 39 años aprendió esa lección mucho antes de conocer los reflectores.
Si se le dice Chimalhuacán, Bermúdez piensa en su infancia. “Con pelota. Siempre fue con pelota. Siempre las fotos que tengo es así, desde pañal y con una pelota, con primos, jugando en la calle”. Y lo dice emocionado, porque estoy segura que sí se acordó del pequeño Cristian jugando con su pelota en las calles de aquel municipio.
Antes de los estadios, antes de las concentraciones, antes de los contratos y de los campeonatos, hubo un niño que encontraba en una pelota una manera de estar en el mundo. El futbol llegó de la mano de su padre. A Don Felipe de Jesús, su padre lo acompañaba los fines de semana cuando iba a jugar y mientras él descansaba, Cristian encontraba una cancha donde entretenerse con sus amigos.
De su padre heredó algo más que la pasión: la pierna izquierda y una manera de entender el juego. “Yo creo que la inteligencia dentro del campo, el pensar rápido, el saber decidir qué jugada va, eso lo veía de mi papá que era muy inteligente para jugar, para encontrar espacios. Eso es algo que le aprendí muy bien”. Tal vez por eso, cuando habla de su padre, no habla solamente de futbol. Habla de una forma de mirar.
De casa también se llevó una enseñanza que todavía aparece en su manera de conducirse: agradecer. “Siempre, al lugar que llego, ser educado, ser agradecido, decir por favor, gracias. Son cosas creo que importantes”. Y esa palabra, agradecer, aparece cuando habla del Atlante.
Porque si existe un club que atraviesa su historia, es éste. Y reflexiona. “A Atlante lo he visto caer, Atlante me ha visto caer, Atlante se ha levantado, yo me he levantado”.
No es una frase bonita para una entrevista. Es prácticamente una biografía resumida. El Atlante ha conocido sus mejores días y también algunos de los más difíciles. Bermúdez puede decir exactamente lo mismo de sí mismo. Ambos han tenido que empezar de nuevo.
Por eso habla con gratitud de quienes le abrieron la puerta cuando todavía no era el jugador que después conoceríamos. Mario García y José Guadalupe Cruz aparecen en ese recuerdo. Con Cruz tiene una memoria particularmente entrañable. “Todos dicen que es de carácter muy fuerte… Pero a mí nunca me regañó, nunca. O yo no creo que yo me acuerde, nunca me regañó”. Mario García lo formó. El Profe Cruz lo consolidó. Y aquella etapa terminó con un campeonato en 2007.
El título quedó en la memoria, pero quizá lo que más permanece es lo que vino después: la conciencia de que una carrera no se construye únicamente con las noches en las que levantas una copa. También se construye con las personas que estuvieron cuando todavía no había nada que celebrar.
Con Atlante ha vivido varias vidas futbolísticas y ahora está nuevamente en Primera División. A los 39 años, en un deporte que suele mirar la edad como si fuera una fecha de caducidad, Bermúdez no se presenta como una reliquia ni como una excepción. Se presenta como futbolista. “Estoy trabajando muy bien, estoy compitiendo muy bien. Es algo de lo que me mantiene alegre, de que estoy al tú por tú con todo el plantel y me siento bien”.
La alegría está ahí. No como una frase de vestidor, sino como una conquista personal. Porque llegar hasta aquí significó atravesar momentos en los que volver a sentirse futbolista no parecía una certeza.
Para entender al Hobbit también hay que entrar en otros vestidores. El América fue uno de ellos. Llegar y encontrarse con futbolistas de carreras consolidadas produjo esa sensación de quien sabe que acaba de entrar a un lugar donde puede aprender.
“Ves ahí a Vicente Sánchez, Chucho Benítez, Vuoso, Aquivaldo, llegas con Moi, con Sambueza y dices: ‘ok, este vestidor está muy…’. El Rolfi Montenegro, sí dices, guau, o sea, qué padre aprenderles, qué padre competir y disfrutar el momento”.
Recuerda a Paul Aguilar, Jesús Molina, el Maza y a un Raúl Jiménez todavía joven. Recuerda las bromas, las discusiones inevitables y aquella regla que parecía estar por encima de todas las diferencias.
“Ahí adentro nos defendíamos”
Ese recuerdo dice mucho del futbolista que fue y del hombre que sigue siendo. Porque Bermúdez parece entender los vestidores como pequeñas comunidades donde las jerarquías pueden existir, pero donde también existe una obligación elemental: cuidar a los tuyos.
Después conoció la otra cara del futbol. La que no aparece en las fotografías de los campeones. En Jaguares vivió retrasos en los pagos. Cuando le pregunto por qué sucedía, responde con una honestidad casi desarmante. “Fíjate que no sé”. No intenta construir una explicación que no tiene. Lo que sí conoce es la angustia de esperar un sueldo que no llega. “Sí, de repente ya, si le van a pasar 15 días, tres semanas. Sí, ya al final un equipo debe estar concentrado en dar resultados, y a veces cuando me dejan pagar, sí es como que no te puedo estar preocupando por ver cuándo te pagan”.
Porque detrás del futbolista hay una persona. “Sí, somos profesionales, pero también somos seres humanos”. Quizá esa frase adquiere otro peso cuando se mira todo lo que vino después.
Bermúdez tuvo que enfrentarse a uno de los capítulos más difíciles y extraños de su vida: estar privado de su libertad.
No lo cuenta buscando conmiseración. Tampoco pretende convertirlo en una anécdota espectacular. Lo cuenta como quien habla de un lugar al que nunca imaginó llegar y del que salió con una percepción distinta de cosas que antes parecían insignificantes.
“Sí, claro, se aprende mucho, se aprende mucho porque uno no dimensiona cosas desde, ¿qué son? ¿50 centavos o un peso? Eso allá es… no te voy a decir, es mucho dinero, pero sí es muy importante. Valoras esa parte”.
Ahí el futbolista deja de ser futbolista. No hay estadio, no hay uniforme, no hay contrato ni reconocimiento. Hay solamente un hombre aprendiendo cuánto puede valer algo tan pequeño como tener lo que afuera parecía garantizado. También convivió con personas que aseguraban ser inocentes y llevaban años esperando resolver sus procesos. “Había muchas personas que decían que eran inocentes. De hecho, con los que más podía convivir están afuera, porque precisamente son inocentes. Pero si ellos llevaban dos, tres años…”
Y conoció también a quienes admitían haber cometido delitos. “Lo decían así, fríamente, sin ningún remordimiento”. Eso fue lo que más le impactó. No necesariamente las historias que escuchó, sino la forma en que algunas personas podían hablar de ellas sin que pareciera existir peso alguno sobre sus palabras.
Pero cuando recuerda aquel periodo, hay una frase que termina imponiéndose sobre todas las demás. “Sabía que no iba a estar mucho tiempo, sí, pero no hay nada como estar afuera”.
Después vinieron las lesiones. La última pudo haber sido el final para cualquier futbolista, particularmente para uno que ya había cruzado la frontera de los 30 años y que sabía perfectamente cómo funciona este deporte cuando decide reemplazarte por alguien más joven.
Fractura de tibia y peroné en la pierna derecha. Otra vez, el cuerpo le puso una condición. Otra vez, Bermúdez decidió responder.
Su recuperación estuvo acompañada por la meditación, la visualización, la fe y aquello que él llama energía.
“Siempre, entre broma y no les digo, es que parezco que estoy ahorita solo, pero no estoy solo en realidad. Siempre hay otras, por decirlo, fuerzas, energías, como uno quiera llamarlo”.
Y fue todavía más lejos al explicar por qué estaba convencido de que regresaría.
“Yo sabía que la mente y la emoción pueden moldear tu realidad a nivel de la materia. Puedes restaurar tus células, puedes restaurar partes de tu cuerpo con el simple hecho de creer, tener la convicción, de visualizarlo y de trabajar para que así funcione”.
Es su creencia. Es su manera de atravesar el dolor. No intenta convertirla en una verdad universal. “Hay personas que no y hay para todo y está bien”.
Lo que sí parece indiscutible en su historia es que necesitó algo más que una pierna recuperada para volver. Necesitó imaginarse nuevamente dentro de una cancha cuando todavía existían razones para pensar que aquella puerta podía haberse cerrado.
Y regresó. Por eso ahora no reclama. Ni siquiera minutos. “No, en toda mi carrera nunca he sido de ir a buscar una explicación de si tal vez merezco, no merezco minutos”.
Su respuesta está en otra parte. “El ejercicio más simple, lo hago lo mejor posible, estoy enfocado”.
Y entonces aparece una frase que quizá explique mejor que cualquier discurso la manera en que ha construido su carrera. “Mi trabajo siento que habla más”. No necesita convencer. Necesita estar listo.
Ahora Miguel Herrera le ha dicho que éste será su torneo de despedida del Atlante. Bermúdez lo sabe. Pero una cosa es escuchar que alguien más decidió cuándo termina una historia y otra muy distinta es aceptar que ese sea el final que uno quiere escribir.
“Mi enfoque está en entender minutos, jugar partidos, ayudar a Atlante”.
Quiere competir. Quiere seguir siendo útil. Y cuando llegue el momento de retirarse, quiere que también sea suyo.
“Con el sueño de poder tener otro de despedida, de anunciarlo y decir: así meta 10 goles, 10 asistencias, ya es mi torneo de despedida”.
Después de todo lo vivido, quizá ésa sea la verdadera historia de Christian Bermúdez.
No la del jugador que llegó a los 39 años.
No la del futbolista que estuvo privado de su libertad.
No la del campeón.
No la del hombre que descendió.
No la del futbolista que volvió después de una fractura.
Es la historia de un hombre que pasó por cada uno de esos lugares y decidió no renegar de ninguno.
Porque Bermúdez podría haber elegido mirar hacia atrás y preguntarse por qué le tocó vivir determinadas cosas. Podría haber convertido los golpes en resentimiento, los descensos en vergüenza, el encierro en una herida permanente o las lesiones en una razón para abandonar. En cambio, eligió otra forma de entender su vida: aceptar que todo aquello también lo construyó.
“Con todo lo que me ha pasado, yo no me arrepiento de absolutamente nada”. Quizá ahí está la verdadera madurez del Hobbit.
No en haber conseguido regresar. Sino en haber aprendido a mirar cada caída sin necesitar borrarla.
“A hoy en día te puedo decir que la estoy disfrutando, que me siento pleno, que me siento bien”.
Y eso explica por qué todavía quiere jugar. No parece estar persiguiendo una cifra. Ni una despedida perfecta. Ni siquiera una última fotografía. Está defendiendo algo mucho más íntimo: el derecho a decidir cuándo dejar de hacer aquello que ama.
Mientras tanto, sigue llegando al entrenamiento. Sigue trabajando. Sigue esperando su oportunidad.
A los 39 años, después de haber conocido el campeonato y el descenso, la gloria y la incertidumbre, una prisión y una cancha de Primera División, Christian Bermúdez todavía levanta la mano. No para pedir que le regalen nada. Para decir que está listo.
Y quizá ésa sea la manera más digna de cerrar una carrera: no negando las veces que la vida te tiró al suelo, sino teniendo todavía ganas de levantarte una vez más.
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