El modelo mexicano que presume LIV: negocio, cantera y un campo que también apuesta
Benjamín Salinas respalda la presión saudí, defiende la competencia y coloca a México —con ARA y Chapultepec— como el experimento que sí funciona.

En LIV Golf ya no basta con abrir la chequera. El mensaje es más frío, más incómodo y bastante más realista. Benjamín Salinas lo dice sin rodeos, sin el barniz diplomático que suele acompañar a estos proyectos.
“Yo lo aplaudo. Si fuera la liga, hubiera hecho exactamente lo mismo: pónganse a trabajar, traigan un plan de negocios, ganen dinero”.
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No hay matices. Tampoco concesiones. La presión por la rentabilidad —impulsada desde el entorno saudí— dejó de ser una conversación de pasillo para convertirse en exigencia estructural. Y Salinas, lejos de incomodarse, la valida. Porque el fondo de su argumento es simple: el dinero compra tiempo, no construye futuro.
México: donde el negocio sí tiene que cerrar
Mientras otras plazas han operado bajo lógica de gasto agresivo, México presume otro guion. Uno menos espectacular, pero más sostenible.
“Nosotros llevamos diez años con un evento aquí donde lo podemos hacer rentable. Sí se puede, no tienes que perder dinero”.
La frase tiene filo. Expone lo que muchos dentro del circuito evitan decir en voz alta: hay sedes que funcionan mientras el dinero fluye y nada más.
“Hay lugares donde dicen: tengo 40 millones de dólares y me los gasto. Está muy bien, mientras los tengas. Pero si no, hay que hacer la chamba”.
¿La “chamba”? Salinas la traduce sin romanticismos: “Traer aliados, patrocinadores, público, experiencias. Que la gente venga, que la pase increíble, que traiga a su familia. Eso es lo que lo hace sostenible en el tiempo”.
No es teoría. Es una advertencia disfrazada de caso de éxito.
“Somos un modelo a seguir, este país no va a ser un problema para su tour mundial”.
Chapultepec: el campo también juega
El discurso necesita respaldo. Y ahí aparece el Club de Golf Chapultepec como pieza clave: “El contrato es de tres años, vamos en el segundo, con dos más opcionales. Pero más allá del contrato, hay compromiso”.
No habla de intención. Habla de obra.
“Todo esto que estamos viendo no existía. Hicieron hoyos nuevos. Y terminando el torneo, el lunes entran las excavadoras para rehacer nueve hoyos”.
La decisión es radical: parar un club histórico durante meses para adaptarlo a un circuito que todavía busca legitimarse.
“Van a dejar de jugar su campo casi un año. ¿Para qué? Para poder dar este tipo de eventos al mundo”.
Ahí aparece algo poco frecuente en este negocio: alineación real.
“Cuando un club está dispuesto a eso, es porque cree en el proyecto. Aquí todos estamos alineados”.
Mexicanos en LIV: algo más que representación
En ese ecosistema, Abraham Ancer y Carlos Ortiz no son un guiño local. Son parte del andamiaje.
“Yo los considero amigos, compartimos comidas, cenas, incluso nuestras familias conviven”.
No es discurso institucional. Es cercanía. Ambos llegaron en 2022 y trasladaron el peso del golf mexicano al nuevo circuito, hoy integrados en la lógica latinoamericana de Torque.
Pero Salinas no se queda en el presente:
“Esos son los actuales pero ¿y los futuros qué? Queremos desarrollarlos”.
En una liga que aún pelea por credibilidad, ellos no solo compiten. Sostienen una narrativa que necesita ser auténtica.
La guerra que sí importa: romper el monopolio
Más allá de sedes, formatos o espectáculo, hay una batalla que sí le interesa.
“No es bueno un monopolio. La competencia hace que ambos sean mejores”.
Su lectura es directa: LIV incomoda, y eso obliga a reaccionar al PGA Tour.
“Cuando llega alguien con una propuesta distinta, el otro se tiene que poner las pilas”.
Y, según él, ya está ocurriendo:
“PGA Tour le está echando ganas, LIV le está echando ganas. Cada quien con su propuesta, cada quien buscando a su audiencia”.
No hay nostalgia por el orden anterior. Hay una aceptación —casi cínica— de que el caos también empuja evolución.
El golf que intenta hablarle a otro mundo
El siguiente reto no es deportivo. Es cultural. “Todos queremos captar la atención de las nuevas generaciones. ¿Quién lo logra?”
La respuesta, para Salinas, está fuera del molde tradicional. “Ves a Bryson con su canal de YouTube, haciendo contenido para chavos. Eso está funcionando”.
La anécdota es más reveladora que cualquier estudio de mercado:
“Pregúntale a mi hijo de ocho años a quién le va. Ayer se tatuó el logo de los Crushers”.
Ahí está el quiebre. No en la técnica, sino en la conexión emocional.
Equipos: la grieta en un deporte individual
Si algo le interesa del formato LIV, no es el show. Es la estructura. “El formato de equipos me parece una cosa de valor”. Porque cambia la lógica del golf:
“Ya no sigues a uno. Sigues a un equipo. Y eso genera identidad”. En un deporte construido sobre la individualidad, esa idea altera la narrativa. “Si alguien se cae, el equipo lo levanta. Eso es distinto”.
No es un detalle menor. Es una mutación en la forma de construir afición.
El anzuelo y lo que realmente importa
Conciertos, DJs, ambiente. Todo está ahí.
“Claro que ayuda. Antes traías a los niños y los tenías que callar. Ahora están disfrutando”.
Pero Salinas no se engaña: “Lo que queremos es que haya niños. Esa es la base”. Porque sin interés temprano, no hay futuro posible.
ARA: la fábrica silenciosa
Ahí entra ARA, una pieza menos visible, pero estratégica. “Nosotros en ARA estamos enfocados en alto rendimiento”.
No es volumen, es precisión: “Hoy tenemos ocho jugadores. Todos están en universidades en Estados Unidos, en el nivel más alto”.La inversión es total: “Les damos todo: giras, coaches, viajes, equipo, caddies”.
¿El objetivo? “Colocarlos en las giras profesionales”. Y entonces conecta con LIV: “La liga necesita cantera. Y nosotros se la podemos dar”. México deja de ser sede. Empieza a ser proveedor.
Entre la fricción y la permanencia
El camino no ha sido limpio: “Esto ha tenido de todo: se fue un jugador, cambiamos de sede, apareció LIV, nos cambiamos a LIV, rumores del fondo… una tras otra”.
Pero no hay duda en el cierre: “Aquí seguimos y aquí seguiremos”.
El punto incómodo
LIV llegó para romper. Ahora tiene que sostenerse. El dinero —ese que parecía infinito— empieza a exigir resultados. Y en ese escenario, Salinas no esquiva la conversación. La empuja. Y, de paso, coloca a México como espejo incómodo para el resto del circuito.
Porque mientras algunos siguen viviendo del impulso inicial, aquí —según su visión— ya entendieron algo más básico, más crudo y bastante menos glamoroso: sin modelo, no hay futuro.
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