Opinion
Fue una jugada rápida y certera. El balón sigue su trámite hasta que aparece el virtuosismo. Y apareció de pronto: un cambio de juego preciso colocó a su medio derecho en posición de ir a buscar...
El futbol, como la poesía, nos salva de nuestra precipitada existencia. Nos otorga poder para sentir y gritar una victoria, al tiempo que nos abandona en el túnel más oscuro del desamparo.
Saltar al campo de juego con todos los sentidos en armonía convoca una ilusión distinta a todas las que se pueden experimentar en la vida.
Dejó de jugar por nostalgia. Entonces el juego se había convertido en todo menos en lo que él había soñado que sería.
Sólo si ocurriera un milagro y el futbol mexicano se transformara, sobre todo desde la perspectiva moral, en poco más de un lustro.
Se sabe que el futbol ofrece remedios imaginarios. En países como el nuestro, rotos por una violencia que no se detiene y por un discurso oficial que atiza el fuego sin reparar en un diagnóstico.
Existe una vida sentimental del futbol que se parece mucho al amor. Tanto protagonistas como espectadores intuimos que algo especial sucede cuando nuestros sentidos se involucran de lleno.
El mayor desafío existencial de todo ex jugador de futbol –tanto amateur como profesional–, está en la distancia que separa el campo de juego del resto del mundo.
Combinar la existencia con el futbol es siempre una aventura emocionante y en ocasiones –hay que decirlo también–, motivo de grandes decepciones.