Opinion
En nuestra heroica gesta contra el cinismo en el futbol, los integrantes de la logia sagrada del toque y la pelota contra el piso celebramos hoy la victoria de España.
Buscando cambiar un poco la escenografía de mi experiencia mundialista, me subí a un tren y dos autobuses esta mañana y me vine a la casa de un amigo en Nueva Jersey como debe tenerla un soltero.
Cómo me gustaría frenar o desacelerar este tren al que estamos subidos desde hace dos semanas y dedicar un día, o al menos un par de horas, a dejar sedimentar estos 48 partidos que ya han pasado...
Simone Pepe, esforzado pero vulgar mediocampista italiano, se paró frente a Mucha, el arquero eslovaco, con la responsabilidad y la oportunidad de mandar a su equipo a la segunda ronda.
Dentro de dos años, en la mitad del desierto inter-mundiales, dudaré de mí mismo y me preguntaré qué tiene de tan maravilloso el Mundial, por qué me obsesiono tanto con algo que no significa mucho.
Ha pasado solamente un día del nuevo formato del Mundial –cuatro partidos: primero dos y después otros dos– y ya extraño mi querida rutina de despertarme a las siete de la mañana.
Mi flamante nacionalidad estadounidense no había tenido hasta ahora ningún corolario futbolístico o emotivo: me la había tomado como un trámite burocrático que me resultará útil.
Los aficionados mexicanos deberían anotar el minuto 55 del partido de hoy como un punto de inflexión en la carrera de Javier Aguirre y quizás también de la Selección Mexicana.
Pasé buena parte de mi vida futbolística hinchando en contra de España y durante mucho tiempo el futbol tuvo la gracia de recompensarme: hasta hace dos años, España llegaba a los torneos como...