El paso para olvidar la guerra: Tokio 1964, la redención de Japón ante el mundo

A unos días de que se lleve a cabo la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, vale la pena recordar cómo se vivió hace 57 años este evento en la misma ciudad.

Tokio 64, un antes y un después de los JJ. OO.

Eduardo Domínguez

19 años después de que cayeran las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón demostró al mundo su capacidad de reconstruirse tras los estragos que dejó su participación en la Segunda Guerra Mundial al formar parte del Eje junto a Alemania e Italia. Fue una especie de reaparición con el resto del mundo para darle forma en 1964 a los primeros Juegos Olímpicos en Asia, en los cuales demostró ser una nación poderosa, innovadora y muy consciente de su historia. El emperador Hiroito, el mismo que decretó la rendición de su país, daba por inaugurada una justa que como nunca simbolizó el espíritu olímpico.

Para Japón era imposible separar un hecho del otro y bastó un simple gesto para subrayarlo. El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 horas en Hiroshima, cerca de 100 mil personas perdían la vida a causa del estallido de la bomba atómica llamada Little Boy, suceso que marcó la rendición japonesa y un giro en la historia mundial, pero curiosamente, en medio de ese caos y a solo unos kilómetros del sitio de la explosión, nació Yoshinori Sakai, quien se encargaría de encender el pebetero olímpico en el Estadio Olímpico de Tokio.

Un sueño pospuesto por la guerra

En 1936, en unas elecciones realizadas en Alemania, se anunció que Tokio sería la ciudad que recibiría los Juegos Olímpicos en 1940, aunque la política expansionista japonesa echaría abajo todo el trabajo realizado. Apoyado por el régimen nazi, en 1937 Japón invadió el norte y el este de China y tras hacerlo debió renunciar a tener el magno evento.

Si bien en principio se anunció que Helsinki tomaría el sitio, la Segunda Guerra Mundial impidió su realización e incluso obligó a que tampoco se realizara Londres 1944, por lo que hubo un lapso de 12 años sin Juegos Olímpicos, entre Berlín 1936 y Londres 1948. Un evento deportivo que reuniera a las naciones era algo imposible de ver, mucho menos en Japón, país que a pesar del turbulento entorno no renunció a recibir la magna justa.

En 1959, ahora en la República Federal de Alemania, el Comité Olímpico Internacional otorgó nuevamente la sede a Tokio, oportunidad que no desaprovechó y para la cual invirtió cerca de 3 mil millones de dólares para poder realizarla. Fue reconstruir una ciudad y modernizarla para dar muestra al mundo del potencial japonés.

Una ceremonia llena de simbolismo

El 10 de octubre, sobre la pista del Estadio Olímpico desfilaron miembros de 93 países, sin contar entre ellos a China ni la mayor parte de países centroamericanos y africanos, con el pináculo de la aparición en uno de los túneles de Yoshinori Sakai, un joven atleta de 19 años que se dirigiría hasta lo más alto del inmueble en unas interminables escaleras para encender un fuego que como pocas veces representó la esperanza.

Y tras ello, miles de palomas blancas que simbolizaban la paz, seguidas de naves del ejército japonés que dibujaron sobre el cielo los aros olímpicos, seguidos de la aparición de Hiroito, quien esta vez anunciaba la vida y no la muerte.

En Tokio 1964 no hubo mascotas

La primera ocasión en la que los Juegos Olímpicos tuvieron mascotas fue en Múnich 1972, por lo que en Tokio 1964 no se dio la posibilidad de contar con una. A cambio, para 2020 presentó a Miraitowa ('Mirai', futuro, + 'towa', eternidad), quien representa la mezcla de la historia y lo novedoso.


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