México-Polonia, más allá del fútbol: los mil 500 refugiados polacos que llegaron huyendo de la Segunda Guerra Mundial

La selección mexicana de futbol se medirá con el cuadro polaco, en el arranque del Mundial Qatar el 22 de noviembre.

México recibió a un grupo de polacos tras la Segunda Guerra Mundial. FOTO: Museo de la Cancillería del Instituto Matías Romero.

Jonathan Collazo y Mediotiempo

De futbol solo sabe que Robert Lewandowski es un delantero letal y que la Selección Mexicana, en su debut dentro de la Copa del Mundo Qatar 2022, se enfrentará a Polonia, país en el que nació en 1937 y el que tuvo que dejar de manera forzada junto a su familia, debido a los estragos de la Segunda Guerra Mundial, que estalló el 1 de septiembre de 1939 con la invasión del ejército alemán a territorio polaco.

Es Walentina Grycuk Bronicka, ciudadana mexicana desde 1974, que llegó a la ciudad de León recién cumplidos los seis años como parte de un grupo de mil 500 polacos que fueron rescatados de un campo de concentración en Siberia, donde vivieron por tres años la brutalidad de los trabajos forzados y las inclemencias del clima en una de las regiones más frías del mundo, en la cual el termómetro puede disminuir hasta los 62 grados bajo cero.

Robert Lewandowski es buenísimo y si le toca ganar está bien. Lo único que sé es que es paisano y estoy orgullosa de él. A la hora que se enfrenten México-Polonia, en mi corazón caben los dos”, así Walentina manifiesta su amor por la nación que la vio nacer y la que pasó a ser su residencia desde hace ocho décadas.

Como todo mundo sabe, en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial. Yo vivía con mis padres en Polonia en un lugar que se llama Grycukzka que era propiedad de mis papás; en noviembre de 1939 llegaron los rusos a media noche y les dieron media hora a mis papás para que sacaran lo que pudieran y nos llevaron a la estación del ferrocarril. En trenes de carga nos llevaron a Siberia, uno de los lugares más inhóspitos de Rusia”.

“Yo no me acuerdo, porque yo tenía dos años, pero lo sé por los relatos de mis papás y mis abuelos: en Siberia estuvimos tres años en un campo de concentración, no de exterminio sino de trabajos forzados”.

Robert Lewandowski, el artillero al que papá no vio triunfar

Pese a que fueron planeados como campos de trabajo para la extracción de carbón, oro, madera, gas y otros recursos naturales, en los “Gulag” como se les denominaba a estas construcciones edificadas durante la dictadura de Iósif Stalin (1924-1953), de acuerdo a datos del Archivo Alejandre N. Yakovlev, murieron más de 500 mil personas en el tiempo en el que Walentina y su familia estuvieron como prisioneros.

Ahí murió mi mamá en 1940. Estaba embarazada, tuvo una hemorragia y en lo que la llevaron a un médico o una partera, en el camino murió congelada. Así murió mi mamá. A mi papá lo llevaron al ejército y yo me quedé con mis abuelos paternos y una tía”.


El cruel viaje en barco

Gracias a los acuerdos políticos que concilió y pactó el General Wladislaw Sikorski salieron de Siberia, y luego de un peregrinaje que los llevó a establecerse durante nueve meses en una playa de Irán, fueron trasladados en el buque Hermitage a Los Ángeles, California. Posteriormente, cruzando en tren por la frontera por Ciudad Juárez, llegaron a la estación de León el 1 de julio de 1943 y de ahí fueron instalados en la hacienda Santa Rosa ubicada en el municipio aledaño Plan de Ayala, donde inició la historia conocida como “La Pequeña Polonia”.

“A mucha gente la mandaron a África y otros a Nueva Zelanda. A nosotros nos tocó que nos dieran asilo en México. En ese barco que se llamaba Hermitage nos trasladaron de Irán a Los Ángeles, California. De ahí pasamos a México por la frontera de Ciudad Juárez en tren. No sé porque nos dieron asilo aquí, nos asignaron el lugar para darnos asilo en Santa Rosa. Era una hacienda muy hermosa y ahí nos acomodaron. Éramos cerca de mil 500 personas y llegamos en julio de 1943”.

En su casa sentada al frente de una chimenea y rodeada de las fotografías de boda de sus ocho hijos y una más en blanco y negro de sus padres, a Walentina le llegan recuerdos oscuros, como el cruel, duro y largo viaje que hicieron en barco para llegar a América, un viaje que no pudieron terminar muchos tripulantes, debido a las enfermedades que arrastraban desde su estancia en el campo de concentración y posteriormente en su estadía en Bandar-e Anzali, ciudad portuaria iraní en la que fueron reubicados más de 116 mil polacos desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando veníamos en el barco diario se moría gente porque venía muy enferma; entonces, a los niños y a todo nos formaban en la cubierta para rezar y cantar, y los cadáveres los aventaban al mar. Eso se me quedó grabado. Ese ruido, ese chasquido que hace un objeto cuando cae al agua, yo puedo estar en una alberca y al oírlo inmediatamente me viene la imagen”.

Pero también la invaden recuerdos gratos, como el colorido recibimiento que hicieron los habitantes de León a su llegada a la estación de tren, donde en un primer grupo arribaron 706 personas entre hombres, mujeres y niños. Uno de esos niños era Walentina.

“Cuando llegamos fue un recibimiento tan bonito en la estación. Muchísima gente, había mariachis, flores, muchas señoras dando dulces, galletas, paletas, y mucha gente lloraba y yo les decía que ‘por qué lloraban’. Yo era una niña y no sabía todo lo que había detrás”.


Paraíso tras el infierno

La “Pequeña Polonia” estuvo asentada en la Hacienda Santa Rosa de 1943 a 1947, dos años después de que culminará la Segunda Guerra Mundial. De inmediato sus instalaciones se adecuaron para que los jóvenes y niños estudiaran y tomaran talleres, mientras que los más grandes trabajaban, principalmente en León, ciudad conocida por su industria zapatera y de la transformación de piel.

Aquí fue el paraíso. Los polacos somos gente trabajadora, de lucha, de mucha organización; de inmediato se organizó la escuela y yo fui dos años. El tiempo que estuvimos aquí de 1943 y 1947, era un paraíso para mí, yo estaba con mis abuelitos, no me faltaba nada. Te puedo decir que no pase tristezas”.

“Los niños teníamos escuela, como cualquier colonia normal, personas en edad de trabajar encontraron trabajo en León y mientras estuvimos en Santa Rosa nos sostenía la colonia polaca de Chicago. No nos faltaba nada, alimentos, ropa, todo. Había escuela para niños, adolescentes, había talleres de carpintería, corte y confección, muchas actividades”.

El 16 de mayo de 1947 la colonia polaca en la Hacienda Santa Rosa se diluyó completamente cuando los últimos habitantes, 106 niños y 99 adolescentes, fueron reubicados en la Casa Hogar de Tlalpan, en la capital del país. El resto de sus pobladores comenzaron a salir desde 1945 hacia Estados Unidos y Canadá; solo 87 regresaron a Polonia y otros como Walentina decidieron permanecer y residir en México, lugar donde estudió, trabajó, se enamoró, se casó y crió a ocho hijos.

Nunca pensé en volver, porque de Polonia no tenía recuerdos, no añoraba algo que no conocía, estaba feliz aquí; cuando uno está joven te enamoras y te casas, qué más te puede gustar. Trabajé antes de casarme, estudié de contador privado cuando viví ocho años en Ciudad de México. Luego nos vinimos, porque mi esposo era de aquí de León”.

Yo he vivido muy feliz aquí, con sus altas y sus bajas, porque quedé viuda con ocho hijos, el mayor de 13 años y el más chico de tres. La vida para nadie es fácil, hay que luchar y no darse por derrotado”.


El recuento con su padre

En 1974, después de la odisea que vivió, pudo regresar a Polonia por primera vez, desde que en 1939 fueron desplazados hacia Siberia. El viaje lo hizo ya con pasaporte mexicano para reencontrarse con su padre, que fue enlistado en el ejército polaco para combatir y defender su territorio del ejército nazi, que tan solo en la primera invasión, que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial, dejó un saldo de 66 mil muertos y cerca de 133 mil heridos.

La vida me dio la oportunidad de regresar a conocer a mi padre, porque nos separamos cuando yo tenía dos años. La primera vez que fui a conocer a mi papá fue en 1974, luego estuve en 1976, y en 1978. Gocé a mi papá 90 días en toda mi vida, pero esos días valen la pena, más que una vida completa”.

Las cartas fueron su vía de comunicación durante tres décadas. La ilusión por volver a ver a su papá nunca murió, a pesar de los millones de fallecimientos y desapariciones que dejó la guerra.

Un primo hermano dio con él, porque hubo un tiempo que no tuvimos comunicación. Cuando tuvimos la dirección llegamos de improviso. Un día en la noche, toqué la puerta, pregunté por él y le dije: ‘No me conoces. Soy tu hija Walentina’; y me dijo: ‘Hijita de dónde saliste’. Fue un encuentro muy hermoso”.

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