
Messi se fue; nosotros envejecimos
Tenía 18 años, el pelo largo, la camiseta 18 y una cara que todavía parecía de niño. Era el 17 de agosto de 2005, en Budapest. José Pekerman lo llamó desde la banca y Lionel Messi entró por primera vez a una cancha con la selección mayor de Argentina.
Había esperado ese momento durante años. Cuarenta y siete segundos después estaba expulsado.
Miró al árbitro sin entender. Después bajó la cabeza y caminó hacia afuera, solo, mientras el partido seguía sin él. Su debut con Argentina había terminado antes de empezar. Nadie ahí podía imaginar que acababa de comenzar una de las historias más extraordinarias que ha contado el futbol.
Pasaron 21 años. Y un 31 de Agosto del 2026, a los 39, Messi se fue de verdad.
Elegir Argentina
Pudo haber jugado para España. Había llegado a Barcelona siendo un niño y España intentó acercarlo a sus selecciones juveniles. Habría sido el camino más sencillo. Quizá también el menos doloroso. Pero Messi eligió Argentina mucho antes de saber todo lo que Argentina iba a exigirle.
Y la eligió una y otra vez
La eligió cuando perdió la final de la Copa América de 2007. Cuando en Sudáfrica 2010 se marchó del Mundial sin marcar un solo gol. Cuando en Brasil 2014 caminó frente a la Copa del Mundo, la miró de reojo y tuvo que pasar de largo porque pertenecía a Alemania. La eligió después de perder otra final contra Chile en 2015 y también aquella noche de 2016 en la que mandó un penal por encima del travesaño y terminó llorando.
Entonces dijo que no podía más. Que se terminaba ahí su carrera con la selección.
Argentina había conseguido algo que parecía imposible: hacer que Messi ya no quisiera jugar para la Albiceleste.
Pero volvió
Y ahí está una de las partes más hermosas de su historia. No regresó porque le faltaran títulos, dinero o reconocimiento. Ya tenía todo eso. Regresó porque algunas historias de amor duelen demasiado como para abandonarlas del todo. Porque uno también termina perteneciendo al lugar que lo hace sufrir.
Durante años le reclamaron no ser Maradona. Le dijeron que no sentía la camiseta; que no cantaba el himno; que era más catalán que argentino, que con el Barcelona podía hacerlo todo y que al cruzar el Atlántico dejaba de ser el mismo jugador. Escuchó durante años cómo un país al que había elegido desde niño discutía si de verdad lo amaba.
Y respondió como siempre supo hacerlo: jugando y maravillando.
La noche que todo cambió
El 10 de julio de 2021, en el Maracaná, Argentina venció a Brasil y Messi levantó por fin la Copa América. Cuando terminó el partido cayó de rodillas. Sus compañeros corrieron hacia él y durante unos segundos quedó enterrado debajo de todos, como si el equipo entero necesitara tocarlo para creer que era cierto.
Algo se rompió aquella noche. O quizá algo, después de tanto tiempo, finalmente se acomodó en su lugar.
Después llegó Qatar. Primero Arabia Saudita y una derrota que parecía anunciar otra tragedia. Después México y aquel zurdazo desde fuera del área que le cambió el ánimo al Mundial entero. Australia, Países Bajos, una noche furiosa; Croacia y Francia.
El 18 de diciembre de 2022, después de una de las finales más extraordinarias que se han jugado, Messi levantó la Copa del Mundo. La fotografía recorrió el planeta: el chico de Rosario que se había ido de casa a los 13 años estaba en la cima del futbol con la camiseta que había elegido amar, incluso cuando ella no siempre supo cómo quererlo de vuelta.
Ya nadie podía reclamarle nada.
El último tango
Todavía ganó otra Copa América. Todavía, ya con 39 años y jugando en una liga que él mismo reconocía como menos exigente, decidió ir por un sexto Mundial, sabiendo que las piernas ya no le respondían igual y que probablemente no habría otro después de este.
Llegó a la final, ¡otra vez!
Esta vez fue España, en Nueva Jersey, y esta vez el partido se le escapó en el alargue, 1 a 0 con Messi mirando desde el campo cómo la copa se iba para el otro lado. No hubo penales para atajar el destino, como en Qatar. Hubo solo el silbatazo final y un hombre de 39 años, subcampeón del mundo por segunda vez, abrazando uno por uno a compañeros que, en muchos casos, habían crecido viéndolo jugar.
Se quedó varios minutos sentado sobre el césped. No se levantaba. No porque no pudiera, sino porque algo en él ya sabía que levantarse esa vez significaba también empezar a irse.
Semanas después llegó el anuncio. Sin conferencia de prensa, sin despedida a mitad de un partido: unas líneas escritas para agradecer y para cerrar. Dijo que era una decisión que le dolía profundamente, que había llegado el momento y que detrás venían jóvenes que merecían su oportunidad.
Con eso bastó. Aunque, luego supimos que sus lágrimas se debían más a decirle adiós para siempre a su papá portando la playera de su país.
El más grande
También lo odiaron. Lo insultaron brasileños, mexicanos, franceses, neerlandeses y aficionados de prácticamente cualquier país que alguna vez tuvo que sufrirlo enfrente. Su rivalidad con Cristiano Ronaldo llenó bares y sobremesas durante casi veinte años, no porque el futbol lo necesitara, sino porque a los humanos nos gusta obligar a la grandeza a competir contra sí misma.
Eso también es parte de ser Messi.
Porque al futbolista verdaderamente grande no solo se le ama. También se le teme. Se desea verlo caer, aunque sea una vez, solo para comprobar que es humano.
Y Messi cayó muchas veces. En 2014, en 2015, en 2016 y ahora, a los 39, en su despedida.
La diferencia es que siempre volvió a levantarse, hasta esta última vez, en la que levantarse ya no significaba jugar otro partido, sino simplemente irse de pie.
Se puede preferir a Pelé. Se puede venerar a Maradona. Se puede defender a Cristiano. El futbol necesita esas discusiones y probablemente nunca las resolverá del todo.
Pero negar a Messi ya no es una opinión futbolística.
Es negar lo que vimos.
Nosotros también
Ahora tiene canas. Camina más despacio. Sus piernas ya no responden como cuando tenía 22 años y encaraba a cuatro rivales solo porque podía. Aquel adolescente tímido que entró a una cancha en Budapest se convirtió, frente a nuestros ojos, en un hombre que se retira siendo padre, capitán y leyenda.
Yo tengo mi propia postal, de todo esto. Fue en la Copa América de 2015, en Chile, en el pequeño estadio Sausalito de Viña, mientras Argentina jugaba contra Jamaica. Pasé el partido entero gritando su nombre (era su partido 100) desde cerca de la cancha —¡Meeeessiiiiiii!, una y otra vez— como si mi grito pudiera distinguirse de los otros miles que decían exactamente lo mismo. Insistí tanto que perdí la cuenta de los intentos. Y, en un momento, mientras se acomodaba para cobrar un lateral, giró la cabeza y me miró. A mí. Con esa cara de “¿qué querés?” que ya conocíamos de tantas fotos.
Yo, que llevaba media vida ensayando ese instante sin saberlo, con la gente alrededor mirando porque por fin lo había logrado, solo atiné a decirle:
—¡Hola!
Se enojó. Todos a mi alrededor se rieron de mí, el resto del partido.
Han pasado once años y todavía no sé bien qué esperaba que ocurriera después de gritarle su nombre mil veces. Supongo que ninguno de los que gritábamos lo sabía. Solo queríamos que, por un segundo, nos mirara también a nosotros.
Eso hizo Messi durante 21 años sin proponérselo: convertirse en el destinatario silencioso de millones de gritos, cámaras, sueños y nombres puestos a hijos que él nunca conocerá. Fuimos una generación entera gritándole “Messi” a un hombre que solo estaba tratando de cobrar un lateral.
Messi envejeció; nosotros también
Mientras él jugaba cambiaron nuestros presidentes, nuestras ciudades, nuestros trabajos, nuestros teléfonos y nuestros amores. Algunos fueron padres. Algunos perdimos a los nuestros. Hicimos amigos y despedimos a otros que pensábamos que lo eran. Nos enamoramos, nos rompieron el corazón, empezamos de nuevo. Pasaron Mundiales, Navidades, cumpleaños y años que jurábamos que nunca iban a terminar.
Y Messi seguía ahí, como una fecha fija en el calendario de nuestras vidas, algo tan constante que dejamos de notar que también era finito.
Quizá por eso esta despedida duele de una manera difícil de explicar. No es solo un futbolista que se va. Es la prueba de cuánto tiempo pasó desde aquella tarde de 2005 y de todo lo que nos ocurrió mientras él, sin saberlo, medía nuestros años con sus goles.
Aquel muchacho que entró en Budapest y fue expulsado 47 segundos después finalmente sale de la cancha, esta vez por la puerta grande y por su propia decisión.
Esta vez nadie le muestra una tarjeta roja.
Esta vez es el tiempo, que, a diferencia de los árbitros, no perdona ni se explica.
Gracias, Leo. Puedes irte tranquilo.
Nosotros nos quedamos aquí, tratando de explicarles a los que vienen detrás que alguna vez vimos jugar al futbolista más grande de todos. Que durante 21 años tuvimos la fortuna de creer que Messi era eterno.
Tal vez porque, mientras Messi siguiera jugando, nosotros también podíamos creer que lo éramos. ¡Qué felices éramos y no lo sabíamos!
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