
Con el orgullo en juego
El diecisiete de junio del 2002, teniendo como marco a la Copa Mundial de Japón-Corea, Estados Unidos se encargó de asestar uno de los golpes más duros en los anales del futbol mexicano. Venciendo el optimismo exagerado de los aztecas y la supuesta ventaja histórica de la que gozaba el cuadro tricolor, los jugadores norteamericanos hicieron sangrar el corazón de todo un país, en un resultado que traspasó los limites del deporte para alcanzar relevancia a nivel nacional. Hoy, a un año y medio de distancia, el dolor sigue presente, como un fantasma que se niega a retirarse sin saciar su sed de venganza, aunque siempre exista la peligrosa posibilidad de volver a tropezar con una piedra que ha sido infranqueable en los últimos tiempos y que de ser un simple obstáculo en el camino ha pasado a ser una muralla casi impasable, una pared que encierra algo más que un simple partido de futbol.
La falta de recursos futbolísticos de la selección comandada por Ricardo Lavolpe, aunada a los caprichos del destino, ha decidido que México y Estados Unidos se encuentren para decidir a uno de los dos representantes de la CONCACAF en los Juegos Olímpicos Atenas 2004, en un encuentro que marcará la carrera de cada uno de los contendientes y que quedará grabado para la eternidad. El escenario no será el mismo, la importancia del enfrentamiento no puede ser comparada, pues no hay nada como eliminar al rival en un Mundial, pero el orgullo y el amor propio no dan tregua, se mantienen siempre dispuestos a mostrar superioridad y a dejar en claro que no hay nadie como ellos. Mientras que el tiempo cumple la función de esconder las tristezas con el polvo de su inexorable marcha, la memoria se obstina y obliga a recordar que hay una cuenta pendiente, que los tropiezos no deben ser olvidados y que, por el contrario, deben servir como un motor de fuerza y empuje, como la palanca que nos llama a crecer y a no rendirnos ante la adversidad. El martes 10 de febrero del 2004 está señalado como el día en que un conjunto integrado por jóvenes menores de veintitrés años tendrá la difícil encomienda de vencer los temores del pasado, de recuperar el prestigio perdido a nombre de todo el fútbol mexicano y de erigirse como los nuevos héroes de una nación que ruega por la victoria, por un triunfo que dejó de ser una costumbre para volverse una necesidad.
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