Futbol
Editorial Mediotiempo
Columna de Mauricio Cabrera Editorial Mediotiempo

Errores continuos

La reducción a tres grupos en el máximo circuito de nuestro balompié acarreó diversos cuestionamientos desde el momento mismo de su realización, y varios de ellos se han justificado con el paso del tiempo. En un principio, se supuso que la aglomeración de seis conjuntos en un mismo sector iba a ocasionar que el nivel futbolístico se elevara y que la mediocridad sobre el terreno de juego fuera castigada con la eliminación. Esto se cumplió sólo hasta cierto punto, pues si bien algunas escuadras con un desempeño paupérrimo a lo largo del Apertura están fuera de la fiesta grande, existen otras cuyo único mérito consistió en esparcir menos pobreza que la desparramada  por los equipos ya eliminados, sin que esto signifique que hayan tenido una campaña que las haga merecedoras de un título que hoy cotiza más bajo que nunca. Así, en la liguilla del corriente certamen no estarán presentes los mejores, sino los menos malos. De lo contrario, ¿Cómo se podría explicar que el líder general sea goleado siete goles a uno o que el hasta algunas horas segundo lugar de la tabla general fuera derrotado por un conjunto que acababa de ser masacrado por el Atlante en el estadio Azteca?

La irregularidad no es nueva en el futbol mexicano. Ha sido un elemento común desde que se instauraron los torneos cortos, sin embargo, en la competencia que discurre ha quedado en absoluta evidencia que la tan mencionada paridad de fuerzas entre las distintas entidades que forman parte de la supuesta elite no es más que un pretexto, cada vez menos creíble, para justificar el decadente espectáculo que semana a semana es presenciado por unos aficionados tan fieles que son capaces de  acudir en  buena medida a presenciar un duelo entre América y Cruz Azul, que fueron de los más regulares, ya que fueron de fracaso en fracaso.

El error es de raíz, es decir, que no se puede considerar como justo  un mecanismo mediante el cual acceden a la batalla final por el título casi la mitad de los contendientes, teniendo el mejor durante las diecisiete jornadas de la fase regular las mismas posibilidades de coronarse que el octavo clasificado. El privilegio de cerrar en casa no garantiza absolutamente nada y no resulta un premio satisfactorio para el que hizo mejor las cosas, pues en unos cuantos días el que entró de última hora puede terminar con el trabajo realizado durante varios meses. Las modificaciones realizadas para este certamen son únicamente la continuación de un sistema completamente equivocado, y que, pese a ello, se mantiene desde 1970, aunque al menos en los torneos largos los participantes estaban obligados a mantener cierto nivel, mientras que en la actualidad una racha de cinco o seis partidos sin perder puede bastar para luchar por una cúspide completamente devaluada.  

Para nadie es un secreto que el balompié se ha convertido en un negocio, y que como tal está supeditado a la mercadotecnia y a la voracidad económica; por ello, el deporte de la patada se ha acostumbrado a vivir con base en dichos rubros. Lo curioso es que ni siquiera para esto fueron inteligentes los hombres de pantalón largo de la Federación Mexicana de Futbol, pues el negocio de la última jornada, nombrada pomposamente como la “hora cero”, se ha esfumado. La única importancia de la decimoséptima fecha radica en conocer las posiciones finales de los invitados a la ronda decisiva,  lo cual no luce como incentivo suficiente para paralizar al país durante noventa minutos.

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