
Qué bonito es ser mexicano
He tenido la fortuna de cubrir seis Copas del Mundo. He visto a México jugar en lugares tan distintos como Hannover, en Alemania, y Doha, en Qatar. He visto estadios monumentales, aficiones extraordinarias y noches que quedan grabadas para siempre en la memoria. Pero ayer, mientras caminaba por los pasillos del Estadio Azteca, entendí que hay emociones que solo pueden sentirse en casa.
Pocos minutos antes del inicio observé una de esas imágenes destinadas a convertirse en recuerdo eterno. Miles de sombreros volaban por el aire como una lluvia tricolor que caía sobre la Catedral del futbol mexicano. A mi alrededor había familias completas, abuelos, padres, hijos y nietos compartiendo algo mucho más profundo que un partido. Era una celebración de identidad.
Entonces sonó el Himno Nacional.
Y como ocurre pocas veces en la vida, el tiempo pareció detenerse.
Vi hombres llorar. Vi mujeres abrazarse. Vi niños cantar con una convicción que solo tienen quienes todavía creen que todo es posible. Escuché a más de ochenta mil voces fundirse en una sola. No era solamente un himno. Era un país entero recordándose a sí mismo quién es.
Mientras observaba a los más jóvenes cantar el Cielito Lindo, mi memoria viajó inevitablemente a otra tarde mundialista. Al Estadio Castelao, en Fortaleza. A ese maldito “No era penal”. Al minuto 91. A la falsa caída de Arjen Robben. A esa falla arbitral que provocó que se desplomara también el alma de millones de mexicanos.
Recuerdo perfectamente aquel silencio posterior. Ese funeral futbolístico que todos compartimos sin conocernos. Recuerdo cómo, cuando ya no quedaban explicaciones ni consuelo, solamente nos quedaba cantar aquellas palabras que durante décadas nos han acompañado en la derrota y en la esperanza:
“Canta y no llores”.
Porque eso hacemos los mexicanos. Nos rompemos y seguimos cantando.
Por eso ayer fue tan especial.
Miraba a esos niños brincando, agitando banderas y celebrando cada jugada, y pensaba que algún día serán adultos. Tendrán responsabilidades, problemas y preocupaciones. Les tocará construir el México que viene. Pero también sé que jamás olvidarán haber estado presentes en la inauguración más hermosa de la historia de los Mundiales.
Nunca olvidarán al Azteca vestido de fiesta.
Nunca olvidarán el rugido de la multitud.
Nunca olvidarán el día en que vieron ganar a México en el estadio que es museo de nuestras glorias, santuario de nuestros héroes y escenario de nuestros sueños pendientes.
A mi lado tuve además el privilegio de compartir el partido con José Antonio “Tato” Noriega. Tener a un apasionado y conocedor del futbol explicando movimientos, formaciones y detalles tácticos era como escuchar una transmisión exclusiva en primera fila. Pero más allá de sus conocimientos, me sorprendió su sencillez. De esas personas que confirman que la grandeza verdadera rara vez necesita anunciarse.
Y mientras todo eso ocurría, pensaba también en el país que existe fuera del estadio.
Porque México no olvidó ayer sus problemas.
Ahí siguen la violencia, las divisiones, los desencuentros y las heridas que tanto nos duelen.
Pero durante noventa minutos ocurrió algo extraordinario.
Nos abrazamos sin preguntar por quién votamos.
Celebramos junto a desconocidos.
Compartimos lágrimas y sonrisas.
Decidimos apartar por un instante la polarización para gritar juntos: ¡Viva México!
Esa es la magia de una Copa del Mundo.
Porque quizá los mexicanos somos más aficionados a los Mundiales que al propio futbol. Somos la fiesta, el color, la música y la pasión que acompañan al torneo más importante del planeta. Somos esa afición capaz de convertir cualquier estadio en territorio nacional.
Y por eso también resultó imposible no emocionarse con Raúl Jiménez.
Porque detrás de ese gol no había solamente un delantero celebrando. Había una historia de dolor, recuperación y resiliencia. Había años de lucha. Había un hombre que volvió cuando muchos pensaron que no podría hacerlo.
Y mientras las lágrimas recorrían su rostro, millones de mexicanos lo abrazaban desde las tribunas, desde sus casas y desde cada rincón del país.
Quizá por eso ayer entendí algo que ningún Mundial en el extranjero me había enseñado.
Que ganar emociona.
Que recordar duele.
Que se vale llorar de alegría.
Que soñar une.
Y que, a pesar de todo, qué bonito es ser mexicano.
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