Futbol
Caleb Ordoñez Talavera
Columna de Caleb Ordoñez Caleb Ordoñez Talavera

MEMOrable

Memo Ochoa tuvo minutos ante Chequia. (Foto: Mexsport)
Ciudad de México

El arco más solitario del futbol está en la cabeza del portero, en el segundo antes del remate, cuando ya no puede hacer nada más que confiar en sus manos y en algo que no tiene nombre.

Guillermo Ochoa vivió veinte años anclado en ese segundo. Y casi siempre, milagrosamente, llegó hasta donde a todos les gustaría llegar.

Durante ese tiempo, Memo fue debate. Fue sobremesa. Fue el portero que unos defendían como si fuera de la familia y que otros cuestionaban como si cada convocatoria fuera una provocación. En México somos así: a los nuestros los abrazamos, pero también los ponemos contra la pared. Y Ochoa vivió dos décadas bajo esa mirada feroz, apasionada, profundamente mexicana.

Nunca fue el ídolo sencillo. Es portero. Y ser portero es vivir en el sitio más solitario del futbol: ahí donde no hay escondite, donde el error no se comparte, donde todos fallan antes, pero sólo uno carga con el gol.

Sin embargo, cada vez que el mundo se hacía más grande, Memo también.

Fue convocado a su primer Mundial a los 21 años, con Alemania 2006, después de ganar ya un título de Liga MX y la CONCACAF Champions Cup con el América. No jugó un minuto. Tampoco en Sudáfrica 2010. Ocho años de espera mundialista, dos viajes sin salir al campo. Otro hubiera desaparecido. Memo siguió y persistió.

Brasil 2014 cambió su historia para siempre. Aquella tarde en Fortaleza, Ochoa dejó de ser solamente el arquero de México para convertirse en una estampa mundialista. Registró seis atajadas contra Brasil: dos a Neymar, una a Thiago Silva, una a Fred y una a Paulinho. Atajó como quien defiende algo más que una portería. Como quien entiende que, por noventa minutos, un país entero cabe entre tres postes. El corazón mexicano se detuvo medio segundo. Y Memo apareció.

Recuerdo estar en Porto de Galinhas durante aquel Mundial. Los niños brasileños se disputaban quién sería ‘Ochoa’ en las cascaritas de la playa. Ahí entendí que ya no era solamente un héroe mexicano.

Ese torneo estableció además un récord: 267 minutos de imbatibilidad, la mayor racha de un portero mexicano en la historia de los Mundiales. La Federación Internacional de Historia y Estadística de Futbol lo ubicó ese año como el   séptimo mejor portero del mundo.

Guillermo Ochoa y Tala Rangel (Reuters)

Desde entonces, el pueblo le inventó un mote: San Memo. No fue un apodo casual. Fue una forma de agradecerle lo inexplicable, porque los santos aparecen cuando ya no queda mucho por hacer y Ochoa tenía esa costumbre.

En Rusia 2018 volvió. Contra Alemania, campeona del mundo, acumuló nueve atajadas y fue elegido el segundo mejor portero del torneo, sólo detrás de Thibaut Courtois, con 25 intervenciones en cuatro partidos. Se convirtió así en el único portero, junto al polaco Jan Tomaszewski, en dejar su portería a cero frente a dos campeones del mundo distintos: Brasil y Alemania.

En Qatar 2022 detuvo el penal de Lewandowski. El futbol lo olvidaba entre torneos; los Mundiales lo devolvían transfigurado. Todo México celebró esa atajada como si fuera un gol.

En Qatar tuve la fortuna de conocer a sus padres. Bastó una cena, para entender de dónde venía la serenidad de Memo. Don Guillermo y doña Natalia llevaban el mismo orgullo discreto con el que su hijo siempre defendió la portería.

El último adiós

Entonces llegó el sexto. El imposible. El Mundial que durante años parecía reservado para la ficción. Con 40 años y 346 días, se convirtió en el jugador mexicano de mayor edad en disputar un partido de Copa del Mundo, superando el récord que tenía Rafael Márquez. Seis Mundiales. Ningún jugador en la historia del futbol mexicano había disputado seis. Ninguno.

Por eso el cariño que México le tiene no nació de la perfección. Nació de la resistencia.

Guillermo Ochoa ya jugó en el Mundial 2026 (Imago7)

Lo queremos no porque nunca haya fallado, sino porque nunca se escondió. Jugó 153 partidos con el Tri, más que cualquier otro portero en la historia de la selección. Mantuvo su portería a cero en más de 65 ocasiones. Cargó con las frustraciones de una generación que quiso ganar más de lo que pudo. Y en medio de todo eso, nos regaló los únicos minutos en que México se siente invencible: los de un portero que vuela y llega.

Hay futbolistas que representan triunfos. Memo representa permanencia.

Fue el niño de gran cabellera rizada, que creció frente a todos. El veterano que seguía levantándose cuando muchos ya lo querían sentado. El hombre que no necesitó explicar demasiado al despedirse: bastó verlo besar los postes para entenderlo todo.

Ahí estaba su vida. Su primer partido y su último. El mismo estadio. La misma portería. Otro tiempo, la misma emoción.

A Memo Ochoa le tomó veinte años conseguir algo más difícil que un título: lograr que México dejara de discutirlo y simplemente se levantara a aplaudirlo.

Y quizá eso, al final, sea lo más honesto que le puede pasar a un ídolo.

Ochoa se retira, le dice adiós a todo un país que siempre lo tendrá por memorable.

Hay futbolistas que ganan copas. Memo Ochoa consiguió algo más difícil: quedarse para siempre en la memoria de un país.

Gracias, portero.



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