Columna de Martín del Palacio

Nuestro amor más tóxico y más apasionado

Martín del Palacio

El fin de semana pasado, el gran objeto de mi amor me rompió el corazón, otra vez. Me había prometido que, en esta ocasión, ahora sí, las cosas serían distintas. Me dijo que cambiaría, que sería momento de olvidar el pasado, disfrutar el presente y soñar con un futuro hermoso. No sucedió. Me defraudó, de la manera más dolorosa posible. No lloré porque ya soy adulto, pero ganas no me faltaron.

Abandonado, me reuní con mi mejor amigo para pedirle consejo. “Ya son demasiadas”, le dije, “no soporto más. Estoy pensando en dejarla. En buscar otra”. “¡¿Pero cómo te atreves ni siquiera a insinuarlo?!”, respondió, “¡esas cosas no se hacen! El verdadero amor se goza en las buenas y se sufre en las malas. No importa cuantas decepciones recibas, tu labor es estar ahí siempre. Puedes enojarte todo lo que quieras, insultarla incluso, pero dejarla, ¡jamás!”

Me fui, furioso. Claro, como él tiene una en Boston con la que siempre la pasa bien. No la ve muy seguido pero, cuando lo hace, siempre termina con una sonrisa en el rostro. La conoció cuando ya era hermosa y no le fue difícil rendirse ante los encantos. ¡Y se atreve a pedirme que sufra!

Cuando más enojado estaba, recordé que mi amigo nació en Monterrey, y que su otro amor era horrible, antes de que costosas cirugías y un revolucionario procedimiento francés la dejaran casi impecable. Así que sí, aunque ahora la pasa muy bien con ella, conoció el sufrimiento y aguantó estoico… aunque claramente parece haberse olvidado de lo que se siente.

Yo a la mía la conocí no se cómo. Desde niño me empecé a enamorar. Dicen que el amor es ciego, y sin duda es mi caso. Quizá es una cuestión de carácter, porque todas mis relaciones han sido tóxicas. Suelo verlas cada fin de semana, fantaseando con el momento en que nos encontremos. Algunas veces sale bien pero, en general, en el mediano plazo, termino con el corazón roto. El lunes, furioso, pretendo olvidar lo que pasó, pero ya para el miércoles sueño con verla otra vez, ilusionado porque, ésta vez sí, la cosa será diferente.

He tenido algunos momentos de éxtasis. Los cuento con los dedos, pero ahí están. Y fue increíble. Me sentí pleno, con esa trascendencia que sólo puede dar la pasión máxima cuando es correspondida. Esos mediodías de 2004. Nuestro viaje a Madrid, que fue casi como una luna de miel. Esa noche arrebatadora cuando fuimos juntos a Pachuca en 2009. Es mi combustible para seguir, aunque hoy viva en la tristeza y la humillación.

Cuando entro en la autocompasión siempre pienso en otro amigo, que tuvo la mala suerte de enamorarse de una de Guadalajara. ¡Nunca en su vida ha llegado al clímax! Y, por como se descompone año con año, parece que nunca pasará.

Lo peor es que nos sentimos orgullosos de esa relaciones abusivas. Es como si les dijéramos, “mientras peor nos trates, más vamos a insistir, más vamos a estar ahí. No importa que ni siquiera te des cuenta, nunca vamos a dejar de soñar contigo”. Y de gastar dinero, porque lo peor es que verlas no es gratis ni mucho menos. Hay que pagar y comprarles regalos. Pagar para sufrir, ¡a lo que ha llegado nuestro masoquismo!

Porque, además, a ellas no les importa. Ni a ellas ni a sus papás, que suelen presumir haberles comprado costosas vestimentas llegadas de Buenos Aires, o exclusivos tratamientos que sólo se consiguen en Brasil. Y consiguen que, año con año, se vean increíbles. Pero después resulta que la ropa era de segunda mano y el tratamiento ya había fallado alrededor del mundo. Y esos padres que se las dan de ejemplares, en realidad las usan solamente para hacerse más ricos a costa de nuestro amor incondicional.

¡Pero ya está bien! Hora de cambiar. Después de estas últimas decepciones, creo que es mejor estar solo que mal acompañado. Hora de olvidarse del amor y dedicarme a mí mismo. Leer las novelas que he dejado por perseguirla, tomar las clases de idiomas que postergué por gastarme el dinero en ella. ¡Basta de sufrir!

Uf, pero el domingo hay clásico y no la voy a abandonar cuando más me necesita. Ahí estaré, como siempre, para ella, un ratito más. Esta vez será diferente, seguro. Se va a ver hermosa, y la vamos a pasar increíble juntos. Ahora sí va a cambiar. Y yo volveré a ser feliz.