
Diario Continental (Día 11)
Se acerca el fin de la estancia en Chiclayo. La tierra que se convirtió en nuestra casa durante más de diez días vive el amanecer con la tranquilidad que le caracteriza. El sol ilumina ligeramente las irregulares calles chiclayanas y el viento ataca sin fuerza y con un cierto dejo de nostalgia. México y Perú se unieron en la “Capital de la Amistad”, confirmaron la fusión entre dos culturas invaluables para la historia del hombre y su corazón latió al ritmo de un balón. Las despedidas son tristes, en especial, cuando se abandona un sitio en el que los factores comunes fueron la amabilidad y la admiración de la gente. Por ello, el entrenamiento del tricolor en el Colegio de Santo Toribio estuvo marcado por un ambiente especial. Nadie lo mencionaba, pero todos, incluyendo a los representantes de los medios de comunicación, hubiéramos deseado permanecer en la capital del departamento de Lambayeque. Lamentablemente, la lógica no existe en el calendario de la Copa y el primer lugar de grupo tiene que desplazarse a Piura, mientras que el segundo se mantiene en la misma sede. Un servidor, gracias al amplio criterio de la base de operaciones en México, tendrá la oportunidad de presenciar en el estadio Elías Aguirre las incidencias del cotejo entre Perú y Argentina, un duelo que ha despertado emociones inusitadas en territorio chiclayano y será hasta el domingo por la mañana cuando llegue al destino en el que los nuestros se medirán ante Brasil.
Al término de la práctica acudí al restaurante Mia Casa, en el que la lentitud fue la principal carta de presentación; vaya, hasta para abrir una gaseosa requerían de una cantidad de tiempo bastante considerable y eso que yo era el único cliente. La calidad de los alimentos fue aceptable sin alcanzar niveles extraordinarios; la pasta resultó un poco insípida, al tiempo que el sabor de la pizza era superado por otros establecimientos. Tras esperar largos minutos para recibir mi cambio o “sencillo”, como le llaman ellos, me dirigí al Elías Aguirre para realizar las notas del día y observar la sesión de reconocimiento del cuadro dirigido por Paulo Autori. A mi llegada, cientos de simpatizantes esperaban el arribo de la blanquirroja, pero nada extraordinario sucedía. Ingresé al centro de prensa y comencé a escribir con normalidad hasta que me comunicaron que una aficionada requería mi presencia a las afueras del complejo deportivo. Me puse de pié y, justo en el momento en el que iba saliendo, los ansiosos aficionados empujaban al personal de seguridad y entraban por la fuerza. Fue el comienzo del caos. Personas saltando la barda, niños corriendo, empujones al por mayor y los dueños de lo ajeno aprovechando las circunstancias fueron el efecto inmediato del desastre que recién comenzaba. La inseguridad reinó brevemente, pero la paz no tardaría en restablecerse, pues los organizadores tomaron la atinada medida de habilitar una de las tribunas de cabecera para albergar a los colados, que tuvieron que conformarse con ver una práctica rutinaria y poco exigente.
La oscuridad de la noche apareció. Una tensa calma se respiraba, anunciando la próxima celebración de contiendas apasionantes y definitivas. La gloria está en juego y sólo el mejor podrá acceder a ella.
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